FRANCESCO MANETTO/
EL PAIS.COM
Lucas
tiene 13 años y durante unas ocho horas al día no escucha a nadie ni habla con
los demás. Ese tiempo no es el que dedica a dormir. Son las horas que pasa con
los auriculares de su reproductor MP3 puestos. Mientras oye las canciones de sus
grupos favoritos hace todo lo que haría si apagara su iPod. Navega por
Internet, se queda en su habitación a fantasear, intenta hacer sus deberes,
acompaña a sus padres al supermercado o sale a pasear por el barrio con sus
amigos. Sólo hay un detalle atípico: en su vida faltan las palabras y la
comunicación directa.
El
uso prolongado de estas máquinas puede afectar al autocontrol
Apple
alcanzó en 2007 los 100 millones de iPods vendidos
Hay
fiestas en las que cada asistente escucha música con sus cascos
La
psicóloga Jean Twenge ya habla de una 'iGeneration' y 'Generation Me'
Al
igual que el 85% de los adolescentes menores de 15 años, Lucas es usuario
habitual de un reproductor MP3. Lo que le diferencia de la mayoría de jóvenes
de su misma edad es que su afición se ha convertido en una obsesión. Por esta
razón, su caso está siendo tratado.
Los
reproductores MP3 e iPod se han convertido, en menos de una década, en uno de
los productos de la industria del ocio más vendidos de la historia. En 2007,
Apple alcanzó los 100 millones de iPod vendidos; iTunes es la mayor tienda del
mundo de canciones, discos y programas pregrabados (podcasts) pensados
especialmente para estos dispositivos portátiles, presentes, según un estudio
del Ayuntamiento de Madrid, en casi el 20% de los hogares españoles. Tanto es
así que, en los últimos meses, los expertos han empezado a preguntarse si su
abuso, más allá de las posibles pérdidas auditivas, acarrea riesgos psicológicos
y puede convertirse en un problema social.
Javier
Abril, psicólogo que ha estudiado casos parecidos al de Lucas y docente de la
Universidad San Vicente Mártir de Valencia (UCV), tiene las ideas claras al
respecto: "El abuso de estos aparatos provoca el aislamiento de los más jóvenes,
tanto en el entorno familiar como entre los amigos. Además, puede inducir a la
aparición de ansiedad, afectar a la autoestima y magnificar algunos miedos de
la adolescencia. De todas formas, el problema fundamental es la falta de
autocontrol en una edad en la que los padres deben ejercer su función de guías".
Un
amplio estudio sobre la relación entre nuevas tecnologías y comunicación,
realizado por un equipo de psicólogos de la clínica universitaria de la UCV,
deja claro que el uso de las tecnologías no suele constituir la única causa de
estos problemas. Aunque, añade Abril, "la utilización excesiva de esos
reproductores puede despertar en los menores de 15 años no sólo problemas de
carácter psicológico, sino que implica también el sedentarismo físico. Los
chavales pueden pasarse el día entre el sofá y el ordenador sin hacer ningún
tipo de ejercicio físico".
Todo lo
contrario de lo que ocurre con los que utilizan los reproductores MP3 mientras
hacen ejercicio en el gimnasio o salen a correr. Porque, generalmente, se trata
de otras generaciones de usuarios. De todas formas, si las organizaciones de
consumidores y algunas asociaciones de padres recomiendan, ante todo, "el
sentido común", hay expertos que recuerdan que "cualquier actividad,
incluso la lectura, puede ser mala, si se utiliza para huir de la realidad y
aislarse". Pero ¿quién decide? Y, sobre todo, ¿es posible definir unos límites?
En
opinión de Abril, entre los indicadores que pueden alertar de una especie de
adicción al MP3 se encuentra el uso durante más de dos horas diarias.
"Aunque es importante destacar que más que una cuestión de tiempo se
trata de una cuestión de formación y de educación", dice. "Los
padres tienen que aprender a decir que no y, si no pueden hacerlo, pedir ayuda a
los profesionales". Porque es muy importante que los adolescentes, que se
encuentran en una fase crucial para el crecimiento, "aprendan a comunicar y
compartir sus opiniones con los demás, a partir de los padres y el entorno
familiar, y a defenderlas ante ellos".
Sin
embargo, los MP3 no son sólo el símbolo de millones de adolescentes. Desde
finales de los noventa, han entrado a formar parte de nuestra vida cotidiana
cuando nos desplazamos en el metro o practicamos algún deporte, por la calle,
en el trabajo, incluso en el coche. Y los estudios prevén que, ahora que las
compañías de telefonía móvil han empezado a implementar ese dispositivo en
los celulares, su difusión crezca cada vez más. Tanto es así que, en febrero,
un senador demócrata de Nueva York, Carl Kruger, propuso, por razones de
seguridad, multar con 100 dólares (68 euros) al que cruzara una calle con un
teléfono móvil, un reproductor de música o consola de videojuegos portátiles
encendidos.
La
iniciativa no prosperó, mientras que, por ejemplo, sí tuvo éxito otra,
impuesta por la federación estadounidense de baloncesto (NBA). ¿El resultado?
Algunos jugadores estrella tienen prohibido encender su iPod cuando faltan 20
minutos para los partidos: "Para no aislarse, perder la concentración y
acordarse de que no van a jugar solos".
Para
observar cómo se puede comportar una parte de aquella franja de usuarios que ya
ha vivido su adolescencia, nos vamos a otro escenario. Estamos en una discoteca
de Málaga o un club de Alicante, un fin de semana cualquiera. Algunos disc
jockeys especializados en distintos estilos musicales ya han subido a la
mesa para pinchar.
En la
pista, los asistentes empiezan a bailar. Sin embargo, en lugar de moverse todos
al mismo ritmo, lo hacen al compás de rock clásico, hip-hop, salsa, música
electrónica, jazz, house... Todos al mismo tiempo. Porque cada uno lleva
unos auriculares inalámbricos conectados al canal de música que prefiere.
La
escena, vista desde fuera, puede parecer una performance artística. Pero
no. Se trata de una forma de entretenimiento como otra. El mercado del ocio
conoce sus gustos y esta Fiesta Silenciosa, lanzada en 2005 por una productora
andaluza, ya es una marca registrada. Uno de sus promotores, el malagueño
Manuel Rincón, incide en sus ventajas: "Escuchar en soledad puede
convertirse en la posible solución de toda aquella sala que no está
debidamente insonorizada o que no tiene licencia de música hasta altas horas de
la madrugada; ya que se garantizaría el descanso a los vecinos y aseguraría la
diversión de los clientes y la comunicación", dice.
¿La
comunicación? Para Tomeu García, 24 años, quien el año pasado participó en
esa fiesta durante sus vacaciones en Mallorca, sí es posible hablar si se baja
el volumen de los auriculares. "De todas formas", admite, "me
parece un tipo de diversión que da la idea de los gustos de mi generación, en
la que cada uno va a lo suyo".
Y es
que, más allá de las buenas intenciones de los promotores, este formato de
fiesta, que incluso ha ganado un premio a la mejor idea empresarial, casa con
las actitudes de una generación que maneja muy bien las nuevas tecnologías, ha
crecido conectada a Internet y se mueve a sus anchas entre comunidades online.
Una quinta de jóvenes que tienen entre 18 y 36 años llamada por la psicóloga
estadounidense Jean Twenge Generation Me (Generación Yo) en su libro homónimo.
Esta
profesora de la Universidad de San Diego -California- destaca en una investigación
que los estudiantes universitarios nacidos después de 1982 suelen ser, por
regla general, más narcisistas e individualistas que sus predecesores.
Ante
todo, para Twenge, "es imposible hacer cualquier tipo de retrato
generacional sin tener en cuenta las innovaciones tecnológicas", y añade:
"Propongo un nombre para la generación de jóvenes nacidos entre 1981 y
1999: iGeneration, o iGen. Esta generación ha sido profundamente
influida por las nuevas tecnologías, incluyendo Internet y, por supuesto, los
iPod. Esa i engloba también la esencia de mi descripción de la Generación
Yo: puede sustituir la primera persona singular o sugerir la primera letra
de la palabra clave: individualismo".
En
otro frente, los defensores de estos dispositivos esgrimen argumentos opuestos y
consideran que, incluso en el mundo individualista en el que vivimos, se han
convertido en una especie de símbolo del compartir, en referencia a la
posibilidad de intercambiar archivos a través de programas online. Si
escuchar música puede ser un acto individual, buscar un disco o una canción en
una página web, comprarlo y compartir el archivo para que otros usuarios
lo incluyan en la lista de su reproductor MP3 puede ser considerado como una
especie de acto social.
Para
muchos docentes de educación musical, además, "el conocimiento y manejo
instrumental de estas tecnologías, la forma de interpretar o de relacionarse
con la realidad a través de ellas y las implicaciones sociales que todo esto
conlleva ya forman parte de la cultura de nuestro tiempo". Ésta, al menos,
es la opinión de un equipo de pedagogos y musicólogos, autores de un manual
para un curso de formación organizado por el Ministerio de Educación y
Ciencia.
Noemí
López y Manuel Gertrúdix Barrio hacen hincapié en las posibilidades que
ofrecen los reproductores MP3: "Ahora toca aprovechar las oportunidades didácticas
de un mundo en el que nuestros alumnos se mueven entre descargas de archivos MP3
en su dispositivo portátil, el uso de videojuegos o el intercambio de información
a través de la Red... A la hora de realizar actividades de audición podríamos
pedir que busquen en Emule o en Limewire alguna versión del Réquiem de
Mozart y que se descarguen el Lacrimosa...".
Según
Javier Abril, incluso los padres más familiarizados con las nuevas tecnologías
pueden aprovechar los reproductores MP3 para fomentar la educación musical de
sus hijos, aunque recuerda que "el simple acto de escuchar música no
supone necesariamente el saber valorarla o el aprender algo sobre ella".
Lo más
importante para los psicólogos, de todas formas, es que los padres de
adolescentes sean conscientes de que "el uso prolongado de los lectores MP3
puede provocar adicción". No es una casualidad que muchos médicos prohíban
el uso de estos dispositivos a los pacientes que ingresan en algún centro de
rehabilitación de drogodependencias. Porque, para rehabilitarse, es ante todo
necesario volver al contacto directo con la realidad y a la comunicación
directa con los demás.
Con
respecto a los riesgos para la audición, la fundación de la empresa de audífonos
y corrección auditiva GAES puso en marcha hace unos meses la campaña No te
olvides de tus oídos, que pretende concienciar a los más jóvenes sobre el
uso prolongado de estos dispositivos. Y es que la mayoría de reproductores
permiten escuchar música a un volumen que puede llegar a los 112 decibelios,
casi los que produce, por ejemplo, el despegue de un avión.
Según
los expertos, una exposición prolongada a ruidos de más de 85 decibelios puede
causar problemas auditivos que, en algunos casos, consiguen lesionar el oído
interno. Un ejemplo: tan sólo una hora escuchando la música a todo volumen con
un reproductor y con los auriculares puestos puede causar daños permanentes que
reduzcan la capacidad de oír.
Todavía
no hay estadísticas precisas al respecto, aunque en Estados Unidos, Reino Unido
y México algunos usuarios han demandado a Apple por pérdidas auditivas. Una
demanda interpuesta en un tribunal del condado estadounidense de San José, por
ejemplo, define así los iPod: "Son defectuosos y no llevan las suficientes
advertencias sobre la posibilidad de pérdida auditiva".
Hasta
ahora, ningún demandante ha conseguido ganar. Sin embargo, tal vez hagan un uso
más prudente de los dispositivos de la nueva generación de MP4. Sobre todo
porque, con esos reproductores con pantalla se trata de tener ocupados oídos y
ojos. De momento, se libran dos sentidos: el gusto y el olfato. ¿Durará?