El
"tango-salsa" se baila y goza en el templo cubano de Gardel
Fuente:
AFP
LA
HABANA (AFP) — Convencidos de no cometer ninguna aberración, los amantes del
tango en la alegre Cuba, que aunque pródiga en música sucumbió al arrullo
melancólico del bandoneón, se niegan a dejarlo morir con "milongas de
salsa" en una bulliciosa esquina habanera.
Nadie
que escuche la canción de la orquesta salsera de los "Van van" desde
afuera de la vieja Casa del Tango, pensaría que un grupo de tangueros locos
rinde culto a Carlos Gardel mezclando un molinete o un gancho con el ágil
movimiento de caderas de una salsa.
"Aquí
luchamos por que se mantenga viva la pasión por este género en Cuba. Y la
'salsa tango' es una forma de hacerlo. Más de 1.000 jóvenes en La Habana
bailan tango", comenta a la AFP Rubén Díaz, conservador del lugar que
heredó hace diez años.
Su
abuelo, Edmundo Daubar, fue un fotógrafo que dejó testimonio gráfico del paso
por La Habana de figuras del tango como Libertad Lamarque, y convirtió su casa
de la calle Neptuno en una suerte de museo: 20.000 fotos, cientos de libros y
discos LP, como "Exitos de Gardel", y hasta un tocadiscos antiguo.
A
la entrada recibe al visitante un Gardel de piedra de mármol revestida en
cemento, de 1,64 metros, en su estampa varonil: traje entero, cabello engominado
bajo el sombrero de ala, sonrisa amplia, y en una mano un puro Partagás,
detalle cubano agregado a la estatua.
Vestido
de negro, zapatos rojos de tacón y cabello atado en el cuello, Rubén, de 49 años,
adopta el porte altivo para instruir a Yanelis y Julio en la abigarrada
estancia. "El tango es un género machista", les dice. Como la salsa.
"Los
cubanos todo lo fusionamos. ¿Por qué no vamos a mezclar el tango que a muchos
jóvenes nos gusta con la salsa que es de nuestra raíz? No es un sacrilegio. Lo
disfrutamos y así lo promocionamos", explica agitada la joven de 21 años,
tras bailar como trompo en la pista.
Su
pareja, de 27 años, dice que el tango se le metió en la sangre. "Me
transmite mucho sentimiento. Los cubanos tenemos gran sentido del ritmo y aunque
lo bailemos distinto, estamos aportando", expresa.
En
el salón de al lado, con un cartel con el rostro del 'Morocho del Abasto' como
telón de fondo, Luisy Bravo, tanguero puro de 76 años, ameniza las peñas de
impecable traje gris y corbata de lunares.
"Cuando
salgo al escenario me siento un gallo de pelea. Los jóvenes deben aprender a
bailarlo, pero también a cantarlo, como hacen con el reggaetón. No es fácil
porque viene de adentro, hay que sentirlo. Pero el tango no morirá en
Cuba", asegura Bravo.
Por
las ondas radiales cubanas se puede escuchar el lamento de un "Mi Buenos
Aires querido", "Esta noche me emborracho", "Por una
cabeza" y otros tangos menos famosos.
Pero
el 90% de apasionados del género pasa de 60 años. Los mejores intérpretes
murieron, otros emigraron y la crisis económica de los años 90 hizo estragos
en las 16 peñas que había en La Habana.
Como
Luisy, Rosa Sánchez es de los pocos que lo canta, y desde hace 48 años.
"Empiezo a cantar y sale mi voz tanguera. Hago homenaje al Che Guevara, que
aunque era guerrillero y un tango nunca le oí, lo vinculo por argentino",
afirma la mujer que, sonriente, dice no tener edad.
"Aquí
de una u otra forma, por una o por otra motivación, trabajamos por abrirle
espacio en Cuba al tango; pero es poco y nos duele", dice Enma Barreras,
profesora de francés de 61 años, autodeclarada bailarina frustrada.
A
la Casa del Tango le falta una buena mano de pintura y muebles nuevos, pero no
dedicación. Aunque su muerte en 1935 en Medellín truncó un viaje a Cuba y dejó
frustrados a sus admiradores, Gardel tiene un templo en Neptuno.
Una
foto suya en blanco y negro, que recibió Fidel Castro como regalo de un fotógrafo
argentino y la donó, corona el altar mayor.
"Gardel
vive aquí en la Casa del Tango. No ha muerto, ahí está el gaucho", dice
Rubén, frente a una enorme pintura que muestra al 'Zorzal criollo' de la mano
de dos cubanitos en una calle de La Habana que nunca llegó a andar.
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