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Rincón
Literario:
Sobre
una historia de amor
Autor:
Fabián Broitman
La
encontré un
día
mientras
caminaba
junto
al
río,
cerca
de
la
estación
fluvial.
Observé su
rostro
conjugado
con
el
paisaje
pastoral
de
la
corriente
de
agua
y
las
islas
del
litoral
dibujando
los
fondos
del
horizonte.
Al
principio
pude
controlar
la
emoción
que
sentía,
y
pensé
seguir mi marcha hacia ningún lugar para olvidar un amor que ni siquiera
había
comenzado.
Luego
de
unos
instantes
imaginé las
discusiones,
las
peleas,
ofensas,
insultos
y
llantos,
y
casi
me
acerqué a
ella
para
decirle
el
definitivo
adiós.
Caminé unos pasos más, y volví hacia
donde
su
persona
descansaba.
La
invité a tomar un café sin
ninguna
excusa,
le
dije
que
la
había
visto
y
que
no
hubiera
podido
seguir
mi
camino
sin
cambiar
algunas
palabras
juntos.
El
café se nos terminó y
tomamos
una
gaseosa
entre
los
dos,
mientras
brindábamos
por
nada en
especial
y
por
todo
en
particular.
La
acompañé a
su
casa,
intercambiamos
números
de
teléfono
y
acordamos
en
vernos
pronto.
Al
entrar
en
mi
departamento,
estaba
como
dormido,
miraba
sin
ver
nada,
y
la
veía
a
ella
por
todos
los
rincones
de
mi
sucia
y
desordenada
habitación.
Por
respeto
a
la
mujer
que
hacía
poco
tiempo
había
conocido,
limpié los
rincones
de
tierra,
lavé el
piso,
y
hasta
cambié las
sábanas
de
mi
cama.
No pude
detener
la
veloz
marcha
de
mis
pensamientos,
y
muy
pronto
la
ví a
mi
lado,
conversando
de
los
secretos
que
sólo
la
intimidad
de
enamorados
descubre,
sus
ojos
penetrando
los
míos,
mis
brazos
entrelazándola
a
ella,
y
los
dos
cubiertos
de
la
mejor
ilusión.
Me
acosté sobre el colchón, tapé mis
miembros
con
la
frazada
e
intenté
dormir. Pero ella no me lo permitió. Nos
soñé juntos,
viajando
por
los
rincones
del
universo,
divisé sus labios sobre los míos en un beso que hasta ese
momento
nunca
hubiese
imaginado,
su
piel
suave
de
mujer
acariciándome
la
pasión
y
los
dos
cuerpos
transpirando
juntos,
felices
y
agotados.
Me
desperté por
entre
medio
del
paraíso.
Llovía
afuera
y
en
mí.
Al
día
siguiente
la
llamé desde
el
trabajo
y
le
dije
que
quería
verla
urgentemente.
Por
la
tarde
nos
encontramos,
la
saludé con
un
beso
y
ella
se
sonrojó un
poco.
Nos
sentamos en
el
mismo
café y
pedimos
dos
jugos
de
naranjas
y
medias
lunas
de
la
"Nuria"
con
dulce
de
leche.
Sin
esperar
al
momento
adecuado
le
dije
que
había
soñado
con
ella
toda
la
noche
y
que,
aunque
sabía
que
era
quizás
muy
apresurado,
le
quería
declarar
mis
firmes
intenciones.
Ella
se
quedó callada al escucharme, sonrió vergonzosamente
cada
tanto,
y
luego
de
cuatro
cafés
y
de
otras
tantas
medialunas
con
dulce
de
leche,
me
miró y
me
dijo
que
le
gustaría
intentar
quererme.
Es
difícil
explicar
lo
que
sentí en
las
largas
jornadas
cuando
yo
trabajaba
en
la
oficina
y
ella
estudiaba
en
la
universidad,
sabiendo
que
faltaban
varias
horas
para
volver
a
reencontrarla.
La
veía
en
los
formularios,
entre
los
cheques,
las
cartas
y
hasta,
ella
me
perdone,
en
el
rostro
del
jefe.
Toda
mi
vida
se
mareaba
alrededor
de
su
existencia,
mis
amigos
comenzaron
a
quejarse
de
mis
largas
ausencias,
mis
padres
me
veían
sólo
los
fines
de
semana
y
hasta
dejé de jugar al fútbol los sábados en el parque
independencia.
Ella
era
mi
primer
mujer,
y
en
aquellos
momentos
suponía
que
la última y definitiva, la de toda la vida. El tiempo
fue
sucediéndose,
y
yo
me
transformaba
junto
a él
en
un
amante
perfecto:
mi
vida
era
ella,
su
rostro
tenía
los
rasgos
del
mundo
entero,
y
sólo
con
ella
podía
encontrar
mi
propia
paz
espiritual.
Supongo
que
en
algún
momento
en aquella época
comenzaron
los
problemas
de
celos.
Yo
no
soportaba
que
ella
estudiase
con
amigos
de
la
facultad,
alejándose
se
mí durante largas horas, y es por eso que abandoné mi
trabajo
y
comencé a
estudiar
abogacía.
Pero
ella
estaba
mucho
más
adelantada
que
yo,
y
aún
pretendía
estudiar
con
sus
compañeros.
Intenté
disuadirla de volver a los cursos del primer año para reforzar los
conocimientos,
pero
ella
se
negó con una sonrisa dulce entre los labios. Sí, yo me
daba
cuenta
que
se
me
iba
la
mano,
pero
no
podía
controlar
a
mi
corazón.
Debo
reconocer
que
ella
se
portó muy
bien
conmigo,
y
me
soportó todas
mis
locuras,
quizás
por
el
amor
que
sentía
por
mí.
Hasta
una
noche
en
la
que
dormimos
juntos
en
mi
departamento.
Yo
había
programado
todo
minuciosamente,
como
un
autómata,
casi
sin
pensar.
Preparé ensalada, papas fritas y encargué un
pollo
a
la
naranja
en
"Pipo".
Compré vino tinto e hice sangría que tanto le gustaba a
ella,
sin
olvidarme
de
disolver
en
el
líquido
algunas
pastillas
para
dormir.
La
cena
estuvo
excelente,
brindamos
por
la
felicidad
de
los
dos,
y
por
una
posible
y
pronta
boda.
Ella
cayó dormida al poco tiempo de terminar de comer el flan
con
crema.
La
tomé entre
mis
brazos
y
la
lleve
hasta
mi
dormitorio,
la
desnudé por completo y la acosté en
mi
cama.
Parecía
un ángel,
su
cuerpo
tostado
y
dulce,
sus
ojos
cerrados,
el
sexo
dormido
y
el
cabello
desparramándose
por
los
aires.
Pensé
orgulloso
que
con
un ángel
así, en
el
cielo
no
se
hubieran
aguantado.
Me
desnudé, y
abrí el
armario,
sacando
la
aguja
y
el
hilo
blanco.
Yo
simplemente
quería
vivir
eternamente
con
ella,
amarla
como
nadie
nunca
pudo
amar,
entregarle
mi
cuerpo,
mi
alma,
y
mucho
más.
Me
acosté
a su lado y empecé a coser su brazo con
el
mío.
La
sangre
comenzó a
teñir
la
sábana
blanca.
Llegué
hasta nuestras piernas y conocí el
dolor
más
verdadero,
aunque
sabía
que
lo
hacía
por
amor
y
ello
me
reconfortaba.
Agradecí al
dios
del
sueño
que
ella
permaneciese
dormida.
Recuerdo
que
soñé despierto
y
ví nuestra
unión
santa
y
eterna,
nuestras
manos
que
se
convertían
mágicamente
en
una
sola.
Al
poco
tiempo
me
desmayé, quizás por el dolor, quizás por la profunda emoción.
Recuerdo
que
soñé con un río de sangre y una balsa de ángeles, en la
que
navegábamos
ella
y
yo.
Nos
despertamos
varias
horas
después.
Ella
abrió los
ojos
e
intentó ver
la
hora
en
el
reloj
de
la
mesita
de
luz,
mas
no
pudo
cargar
con
el
peso.
Las
heridas
ya
habían
cicatrizado
y
yo
intenté explicarle que Cupido en persona había estado por
la
noche
con
nosotros,
uniéndonos
para
siempre.
Al
poco
tiempo
tuve
que
ir
al
baño
con
ella
y
esperar
que
ella
hiciese
sus
necesidades,
y
le
pedí que
me
lavara
los
dientes
ya
que
soy
diestro
y
me
había
cosido
la
mano
derecha.
Preparamos
el
desayuno
a
dos
manos,
los
dos
juntos,
y
nos
tardó mucho
tiempo
comerlo.
Al
terminar
de
lavar
los
platos
decidimos
ir
juntos
a
la
universidad.
El
primer
día
atendimos
sus
clases,
y
el
segundo
día
las
mías.
Al
estar
pegado
a
ella
día
y
noche
pensé en
abandonar
la
facultad
ya
que
había
entrado
allí sólo por el amor que sentía. En la oficina me
recibieron
con
los
brazos
abiertos,
pero
muy
pronto
comenzaron
los
problemas
ya
que
yo
iba
allí
sólo día por medio.
Se
sucedió un
mes
imposible,
mientras
ella
abandonó los estudios y a mí me
echaron
del
trabajo.
Vivimos
una
semana
encerrados
en
mi
casa
y
las
provisiones
se
acabaron.
Fue
una
noche
de
luna
nueva,
luego
de
buscar
por
milésima
vez
la
forma
de
hacer
el
amor
y
no
conseguirlo,
que
ella
tomó mis
tijeras
y
cortó nuestro
vínculo
eterno.
Esta
vez
las
sábanas
se
mojaron
de
la
transparencia
de
nuestras
lágrimas.
Por
la
mañana
me
levanté y
sentí la
libertad
que
tan
poco
me
faltaba.
Todo
fue
más
fácil,
más
rápido,
pero
más
solo,
más
triste.
Ella
se
había
ido.
Al
poco
tiempo
me
enteré que
ella
había
vuelto
a
los
estudios
y
que
estaba
por
terminar
la
carrera.
Yo
volví a
la
oficina
y
me
ascendieron,
mejorándome
el
sueldo.
Volví a
ver
a
mis
amigos,
a
mi
familia,
y
a
jugar
al
fútbol
los
sábados
en
el
parque
independencia.
Cada
tanto,
cuando
estoy
sólo,
me
arremango
la
camisa
y
observo
la
cicatrices
de
aquél
amor.
Aún
no
estoy
seguro
de
qué fue
lo
que
nos
separó.
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