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Rincón
Literario:
Desgracia
o Suerte
Autor:
Osho
Esta historia ocurrió en los días de Lao-Tzu en China, y
a Lao-Tzu le gusta mucho.
En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los
reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco... Los reyes le
ofrecieron cantidades fabulosas por ese caballo, pero el hombre decía: “Para
mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una
persona a un amigo?”. Era un hombre pobre, pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el
establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:
-
Viejo estúpido. Sabíamos que algún día te robarían el
caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras ¡Qué desgracia!
-
No vayáis tan lejos –dijo el viejo-. Simplemente decid
que el caballo no está en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es
vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto es
apenas un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?
La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido
que estaba un poco loco. Pero después de quince días, una noche el caballo
regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no solo esto, sino que
trajo consigo una docena de caballos salvajes.
De nuevo se reunió la gente diciendo:
-
Tenías razón, viejo. No fue una desgracia, sino una
verdadera suerte.
-
De nuevo estáis yendo demasiado lejos –dijo el viejo-.
Decid sólo que el caballo ha vuelto...¿Quién sabe si es una suerte o no? Es sólo
un fragmento. Estáis leyendo apenas una palabra en una oración ¿Cómo podéis
juzgar el libro entero?
Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro
sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos...
El viejo tenía un único hijo que comenzó a entrenar los
caballos. Una semana más tarde se cayó de uno de ellos y se rompió las dos
piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar.
-
De nuevo tuviste razón –dijeron-. Era una desgracia. Tu
único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén.
Ahora estás más pobre que nunca.
-
Estáis obsesionados con juzgar –dijo el viejo-. No vayáis
tan lejos. Sólo decid que mi hijo se ha roto las piernas. Nadie sabe si es una
desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos, y nunca se nos da más que
esto.
Sucedió que pocas semanas después el país entró en
guerra y todos los jóvenes del pueblo fueron llevados por la fuerza al ejército.
Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero
lloraba y se quejaba porque esa una guerra perdida de antemano y sabían que la
mayoría de los jóvenes no volverían. Fueron a ver al viejo y le dijeron:
-
Tenías razón viejo, era una fortuna. Aunque tullido, tu
hijo está contigo. Los nuestros se han ido para siempre.
-
Seguís juzgando –dijo el viejo-. Nadie sabe. Sólo decid
que vuestros hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha
sido obligado. Sólo Dios, el Todo, sabe si es una desgracia o una suerte que así
suceda.
No juzgues, o jamás serás uno con el Todo. Te quedarás
obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez
que juzgas, has dejado de crecer. El juicio implica una mente decaída. Y la
mente siempre quiere juzgar, porque estar en un proceso es siempre incómodo y
peligroso.
El viaje jamás termina. Un camino concluye y otro
comienza: se cierra una puerta y se abre otra. Alcanzas una cumbre, pero siempre
hay otra aún más alta. Dios es un viaje; un viaje sin fin. Sólo los que son
tan valientes como para no preocuparse de la meta y contentarse con el viaje,
con vivir el momento y crecer en él, sólo ésos son capaces de caminar con el
Todo.
-Osho
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